El tradicional Tedeum con motivo del 210° aniversario de la Declaración de la Independencia nacional se convirtió en el escenario de una profunda y severa reflexión pastoral sobre la realidad socioeconómica de la Argentina. Desde el altar de la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, el arzobispo primado, monseñor Jorge García Cuerva, encabezó la solemne ceremonia religiosa ante la presencia del presidente de la Nación, Javier Milei, los ministros del Gabinete nacional y las máximas autoridades de los tres poderes del Estado.
Tomando como eje central y guía argumental la parábola bíblica del Buen Samaritano, García Cuerva estructuró una homilía atravesada por fuertes llamados a la empatía colectiva, la honestidad y el compromiso político. "La parábola del Buen Samaritano es un ícono capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que debemos tomar para reconstruir esta Patria que amamos y nos duele a la vez. Ante el dolor, ante tantas heridas, la única salida es ser como el Buen Samaritano", definió al iniciar su alocución.
El pasaje más duro y punzante del discurso de la máxima autoridad eclesiástica porteña apuntó de lleno contra los flagelos de la corrupción institucional y los discursos de confrontación que fragmentan el tejido social. Al comparar los peligros del camino evangélico con el presente del país, advirtió sobre los "laberintos sin salida" que representan el sendero de la intolerancia, los enfrentamientos constantes, la descalificación del que piensa distinto y "la crueldad hacia los más débiles". En esa línea, denunció a quienes se esconden "en cuevas de corrupción, haciendo que los pobres sean cada vez más pobres, y ellos, escandalosamente, cada vez más ricos", aclarando de inmediato que la crítica trasciende las banderas partidarias: "Esto no es cuestión de ser de tal o cual partido político o gobierno de turno; es cuestión de ser o no, honesto y transparente. Ser y parecer, ahora y siempre".
Rostros concretos y la defensa de la inversión social
Frente a las principales autoridades del Poder Ejecutivo, monseñor García Cuerva desglosó los ejes de lo que consideró un imperativo ético para la dirigencia y la ciudadanía:
Ponerle nombre al sufrimiento: El arzobispo exigió visibilizar a los sectores más postergados de la sociedad y demandó que se dejen de tratar las realidades críticas como meras estadísticas de gestión. "Los heridos del camino de la vida: los enfermos, los jubilados, los adolescentes víctimas del narcotráfico, los desocupados y las personas con discapacidad; hoy queremos hacer presentes sus vidas, sus rostros, sus historias concretas; no cifras o diagnósticos, sino sus nombres", sentenció.
Freno a los prejuicios: Solicitó terminar con la estigmatización y los juicios morales hacia las personas en situación de vulnerabilidad, pidiendo textualmente no exigirles "'antecedentes de pobre' como preguntándoles desde cuándo están viviendo esa difícil situación".
Gasto versus inversión: En un apartado de fuerte contenido económico y político, García Cuerva retomó la defensa de los presupuestos destinados al cuidado de la salud y la discapacidad, diferenciando el equilibrio fiscal de la insensibilidad estatal. "Lo que gastes de más no siempre es sinónimo de derroche o despilfarro; a veces es invertir en los más débiles", aseveró, poniendo como ejemplo el personal necesario para el correcto funcionamiento de los centros asistenciales.
Fin del individualismo: Concluyó rogando a Dios que "nos independice de la indiferencia, del individualismo, de la competencia feroz por el protagonismo, del internismo y la mezquindad política de querer llevarnos los aplausos cuando hacemos algo por los demás".